Seis versos para acercarse al alma de Galicia

En el Día de Galicia, la poesía de nuestros grandes autores es el mejor refugio y la memoria viva de un pueblo.

25/07/2026

Hay tierras que se delimitan con mapas y otras que se explican por los afectos. Cada Día de Santiago, Galicia se busca a sí misma en su memoria, en el sonido del Atlántico y en las miradas de quienes la habitan o la echan de menos desde la distancia. Para entender esa arquitectura emocional no hacen falta discursos solemnes: basta con acudir a sus poetas.

Día de Galicia

Rosalía de Castro fijó en Cantares Gallegos el mapa sentimental de la ausencia:

“Adiós ríos, adiós fontes,
adiós regatos pequenos,
adiós vista dos meus ollos,
non sei cando nos veremos”

No es un lamento pasivo, sino la afirmación de un cordón umbilical imborrable. Además, inventa la cartografía emocional de la emigración delineando el sentimiento de pérdida y dignidad del que se va pero mantiene sus raíces intactas.

Esa dignidad ante la lejanía la transformó Eduardo Pondal en vocación colectiva en su Queixumes dos pinos, origen del himno gallego, donde decía:

“Pois onde quer xigante,
a nosa voz pregóa,
a redenzón da bóa
nazón de Breogán”

Va más allá de una mera invocación mítica; es la afirmación de una presencia universal que resuena con fuerza allá donde exista un gallego. En definitiva, un llamado al orgullo sin estridencias. Pero la identidad gallega no se explica únicamente por la nostalgia ni se sostiene solo sobre los mitos: también se alimenta de la resistencia cotidiana frente a las dificultades del camino. Manuel Curros Enríquez retrató esa rebeldía frente a la adversidad en Aos mozos:

“E ti, Galicia, de cantares chea
que o mar bica e o sol doura:
¡ergue a frente, que a noite xa pasa
i a aurora se achega!
Lava a cara no orballo das mañás,
peitea o teu cabelo,
e viste a túnica de liño fino
que de rosas cheira.”

Versos que no son un simple canto al paisaje: encierran un imperativo ético, la exigencia de mantener la cabeza alta para acabar venciendo a las propias sombras. Esa conciencia de identidad convive con una devoción profunda por la propia tierra. Ramón Cabanillas convirtió la querencia por la geografía propia en una declaración entrañable dentro del poema O meu carriño, en Soidades (1913): 

“Lévame, meu carro, leva,
pola meiga terra nosa,
que a miña ialma saudosa
lonxe dela non se afai.”

Es el reconocimiento de un vínculo, la certeza de que, por lejos que se viaje, el pensamiento permanece anclado en la tierra natal. Esa sensibilidad continúa con la celebración sensorial del entorno atlántico que Álvaro Cunqueiro condensó en Cantiga nova que se chama Riveira (1933):

“Soidades de ti teño,
mar da miña terra,
cando no mar me vexo”

Más que una estampa marina es el espejo de una identidad que se reconoce en el paisaje: la constatación de que la distancia con el hogar no se mide en kilómetros, sino en la falta de esa luz y ese horizonte. Y, finalmente, Uxío Novoneyra sintetizó en Os Eidos la universalidad de lo local con la rotundidad de dos líneas impecables:

“O Courel a se-lo mundo
O mundo a se-lo Courel”
.

Un mapa interior donde la pequeña patria de la infancia se convierte en la medida de todas las cosas: el recordatorio de que quien aprende a amar su raíz, conoce en realidad el mundo entero.

Al final, leer a Rosalía, Cunqueiro o Novoneyra es volver a casa sin importar la distancia. En estas seis estrofas está la medida exacta de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que nos hace celebrar cada 25 de julio.

¡FELIZ DÍA DE GALICIA!