"El poeta del aire": una obra sobre la mirada humanista de la medicina

Alicia Batlle, primera finalista en el VIII Certamen de Relato Breve de la SEPAR con un relato dedicado a Julio Ancochea.

24/05/2026

La comunicación en salud no es una herramienta corporativa unidireccional, sino mucho más: constituye el tejido conector de un ecosistema complejo donde el profesional articula las demandas de los gestores, la innovación de la industria, el criterio clínico de los sanitarios y las necesidades informativas del ciudadano. Conseguir que esa mirada técnica y transversal no pierda el anclaje humano es el verdadero reto de la disciplina. Un equilibrio que, en ocasiones, da alas a una creatividad capaz de asimilar la complejidad del sector y proyectarla en la narrativa literaria.

Es lo que ha hecho Alicia Batlle, licenciada en Comunicación Audiovisual y máster en Asesoramiento de Imagen y Consultoría Política, que ha resultado primera finalista en el VIII Certamen de Relato Breve de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR). Su obra, titulada El poeta del aire, evidencia cómo la comunicación especializada es capaz de asimilar y transmitir la realidad clínica desde dentro.

Alicia Batlle, primera finalista del concurso de relatos de SEPAR con un texto dedicado a Julio Ancochea.

Este galardón no es un hecho aislado en su trayectoria, sino el reflejo de un prolongado compromiso con la humanización de la medicina. Un vínculo estrecho que se plasma de forma explícita en la dedicatoria de su relato a Julio Ancochea, jefe del Servicio de Neumología del Hospital de la Princesa y presidente de Asomega. La propia autora ha explorado con anterioridad esta visión compartida del "médico humanista" a través de sus escritos institucionales y en una extensa e inspiradora entrevista audiovisual en el canal Inspirar el Futuro, donde ambos dialogan sobre la imperiosa necesidad de ejercer una "ciencia con rigor y medicina con alma".

Reproducimos, el relato que encabeza el volumen de esta edición de los premios de SEPAR tras los textos ganadores:

EL POETA DEL AIRE
Por Alicia Batlle
Dedicado al doctor Julio Ancochea

La primera vez que entrevisté al doctor Julio Ancochea me habló del aire. No de manera poética al principio, sino con la pasión tranquila de quien ha dedicado toda una vida a entender algo que todos damos por hecho y que, precisamente por eso, casi nunca pensamos demasiado: respirar.

Yo había imaginado la conversación con un inicio parecido al que comparten casi todas las entrevistas en salud, hablando de datos, de investigación, de esos avances que —según repetimos con cierta insistencia— están transformando la medicina respiratoria. Mientras él hablaba, yo tomaba notas en mi cabeza intentando ordenar las ideas en titulares posibles, una deformación profesional inevitable en quienes nos dedicamos a traducir realidades complejas en frases que puedan sobrevivir al ritmo acelerado de la comunicación contemporánea.

Pero en algún momento de la conversación la entrevista cambió de dirección, o quizá ya había nacido así desde el principio y simplemente tardé unos minutos en darme cuenta de que estábamos destinados a hablar en otro idioma, uno bastante distinto al que se basa en las verdades absolutas y esa tentación tan moderna de creer que lo verdaderamente importante siempre cabe en un gráfico o en una pantalla.

Ancochea empezó a hablar del cuerpo, de cómo los pulmones no son simplemente dos órganos que se llenan y se vacían, sino una arquitectura extraordinaria que dialoga con el aire miles de veces al día, de cómo cada respiración es en realidad un intercambio constante entre el exterior y la vida, un mecanismo tan sofisticado que resulta casi irónico que lo hayamos convertido en algo automático, invisible, algo que solo recordamos cuando empieza a fallar. Hablaba de fisiología con una curiosidad difícil de explicar para quien no ha escuchado nunca a un niño preguntárselo absolutamente todo, como si después de tantos años aún le sorprendiera ese mecanismo silencioso que nos sostiene y que rara vez ocupa el lugar central de nuestras conversaciones, quizá porque las cosas verdaderamente esenciales suelen ser también las más discretas.

Mientras le escuchaba no podía evitar dar forma a una idea que empezaba a repetirse en mi cabeza con cierta obstinación: el aire es lo más democrático que existe, nos pertenece a todos.

Después habló de algo que hoy aparece mucho menos en los titulares. Habló de medicina rural, habló de su abuelo, de esa historia de su vida que hoy parece casi un recuerdo de otro tiempo para quienes hemos crecido con hospitales relativamente cerca y la tranquila —y probablemente algo ingenua— convicción de que la medicina siempre está a nuestro alcance. Habló de pueblos pequeños donde el hospital queda lejos, de pacientes que viven en lugares donde el acceso a la atención sanitaria no siempre es sencillo, de la responsabilidad que tiene la medicina de acercarse a quienes más la necesitan incluso cuando eso obliga a salir de los circuitos cómodos y conocidos que tantas veces confundimos con la normalidad. Lo decía sin épica, con la naturalidad de quien recuerda algo que en realidad debería resultar bastante evidente: la medicina no consiste solo en saber, consiste también en estar.

Salí de aquella entrevista con una sensación curiosa. Vivimos en una época en la que la medicina avanza a una velocidad impresionante, rodeada de sensores, inteligencia artificial y plataformas digitales capaces de monitorizar la respiración de un paciente desde su propia casa, herramientas extraordinarias que están cambiando profundamente la manera en que cuidamos y que, con razón, ocupan buena parte de las conversaciones sobre el futuro de la salud. Sin embargo, mientras revisaba mis notas, me di cuenta de que lo que más me había impresionado de aquella conversación no tenía absolutamente nada que ver con la tecnología.

Tenía que ver con la pasión por entender. Entender cómo el cuerpo trata el aire, entender qué ocurre cuando ese equilibrio se rompe y entender, sobre todo, qué significa acompañar a una persona cuando respirar deja de ser automático, cuando algo tan elemental como llenar los pulmones de aire deja de ser una certeza y se convierte en una preocupación cotidiana.

Quizá por eso me impactó especialmente una frase que dijo casi al final de la entrevista, pronunciada con esa mezcla de serenidad y convicción que tienen quienes han pensado mucho sobre algo aparentemente sencillo: "los neumólogos somos los poetas del aire". No lo decía en sentido literario, o al menos no en el sentido en que solemos utilizar esa palabra, sino en uno mucho más profundo: el de alguien que observa con atención algo que los demás apenas perciben.

Con el tiempo he pensado muchas veces en esa frase. En un mundo donde los datos crecen sin descanso, donde las pantallas se multiplican y donde la medicina se vuelve cada vez más digital, quizá necesitamos recordar algo bastante elemental: antes de cualquier algoritmo hubo una pregunta, y antes de cualquier tecnología hubo una curiosidad inmensa por entender cómo funciona el cuerpo humano.

Respiramos unas veinte mil veces al día y casi nunca pensamos en ello. Sin embargo, hay personas que han dedicado su vida a comprender ese gesto invisible, a cuidarlo y a protegerlo, a acompañar a quienes un día descubren que respirar no siempre es tan sencillo como parecía.

Cuando pienso en aquella entrevista sigo creyendo que Ancochea tenía razón. Algunos médicos no solo estudian el aire, aprenden a escucharlo. Quizá por eso, en silencio y casi sin darse cuenta, terminan convirtiéndose también en quienes escriben su historia.