La entrega de la vigésimo quinta edición del Premio Nóvoa Santos de Asomega dejó momentos de honda emoción. Durante el solemne acto, el doctor Julio Ancochea pronunció una vibrante alocución institucional en la que, con motivo de este 25º aniversario, realizó un emotivo repaso por el perfil y la trayectoria de cada uno de los anteriores galardonados.
Su intervención estuvo profundamente centrada en el humanismo médico, el relevo generacional de la pediatría y la quiebra definitiva de las fronteras geográficas en el ámbito de la vanguardia investigadora. Por su indudable y extraordinario interés, reproducimos a continuación el discurso íntegro del presidente de la entidad.
ACTO DE ENTREGA DEL XXV PREMIO NÓVOA SANTOS
Pazo de Fonseca, Santiago de Compostela, 26 de junio de 2026
Excelentísimo señor presidente del Parlamento de Galicia, don Miguel Santalices,
Ilustrísima señora alcaldesa de Santiago de Compostela, doña Goretti Sanmartín,
Excelentísimo señor conselleiro de Sanidade, don Antonio Gómez Caamaño,
Señora rectora magnífica de la USC, doña Rosa Crujeiras,
Distinguida representante de AstraZeneca, doña Olga Moreno.
Amigos y amigas, queridos compañeros de Asomega
Nuestro Premio Nóvoa Santos alcanza su vigésimo quinta edición; un cuarto de siglo trazando la historia viva de la vanguardia médica y científica de nuestra tierra.
Curiosamente, en este año de 2026 muchas miradas se girarán hacia el cielo, expectantes ante ese eclipse solar absoluto que en pocas semanas cruzará nuestra geografía.
Permítanme la licencia de decirles que, mientras el cosmos se prepara para un instante de sombra, la medicina gallega prefiere hacer justamente lo contrario: perseverar en su luz.
Una luz constante que nace del rigor y del compromiso diario de nuestros profesionales, y que no entiende de penumbras provisionales.
Lo hacemos, además, desde una trinchera inquebrantable: la de la Asociación de Médicos Gallegos, Asomega, que con sus 32 años de andadura sigue defendiendo la ciencia con el máximo rigor y la medicina con toda el alma.
Una medicina humanizada que, por encima de algoritmos, tecnologías y fríos indicadores de gestión, coloca siempre al paciente en el centro de su compasión y de su acción.
Hablar de este premio es conmemorar también otra efeméride de hondo calado conceptual.
Se cumplen ahora exactamente 110 años del inicio de la publicación, aquí en Santiago, del Manual de Patología General de Roberto Nóvoa Santos.
Aquel texto fundamental fue el manifiesto de un inconformista que entendió que el médico debe evadirse de la «cárcel estrecha de sus disciplinas» para divisar horizontes más amplios.
Nóvoa Santos nos enseñó que la ciencia médica es estéril si se desvincula del latido de la sociedad a la que sirve.
Transformar el conocimiento en bienestar para todos es un empeño compartido por cuantos trabajamos en sanidad; una vocación colectiva que da sentido a los 25 años de un galardón que hoy se vuelve memoria viva a través de sus protagonistas.
25 ediciones componen el verdadero “Hilo de Ariadna” de la ciencia gallega, una cartografía del inconformismo contra el dolor y un pacto de humanidad con el sufrimiento del paciente.
Contemplen conmigo este tapiz de excelencia, agrupado en los grandes afluentes del saber donde la medicina gallega ha fundado verdaderas escuelas de dimensión universal:
Pensemos en la imponente arquitectura del corazón y de los vasos: un pilar levantado por la visión de Alfonso Castro Beiras, estratega de nuestra cardiología moderna;
por la audacia de Alberto Juffe, cuyas manos guiaron los primeros trasplantes de corazón en Galicia;
por la excelencia clínica de José Ramón González Juanatey, que situó al paciente en el centro del escudo contra la dolencia cardíaca y nos enseña a vivir más de 100 años con salud;
y por la autoridad de Ramón Berguer Sandez, cirujano vascular que llevó nuestro orgullo hasta la Cátedra Frankel de la Universidad de Michigan.
Miremos hacia el caudal de la endocrinología, el metabolismo y la nutrición: una escuela cimentada sobre la sabiduría de Gregorio Varela Mosquera, padre de la Nutrición en España que pautó la alimentación de los atletas en Barcelona 92;
enriquecida por el liderazgo de Felipe Casanueva, un referente absoluto y una de las firmas más citadas del mundo en obesidad;
por la brillantez de Carlos Diéguez al descifrar los mecanismos moleculares desde la cumbre del CIMUS;
y prolongada por Bartolomé Burguera, combatiendo la obesidad y la diabetes desde la Cleveland Clinic.
Avanza el hilo hacia las ciencias de frontera, la genética y la tecnología: con la impronta de Luis Concheiro Carro, que transformó los códigos de la Medicina Legal en vanguardia forense;
guiado por la lucidez universal de Ángel Carracedo, proyectando la genética y la medicina de precisión a los cinco continentes;
y rematado por el quiebro de María José Alonso y su revolución nanotecnológica aplicada a los fármacos.
Suman su fuerza los maestros de la cirugía, el movimiento y el pensamiento clínico: desde el magisterio de José Luis Puente Domínguez, poseedor de tres cátedras señeras y pionero de la citometría de flujo en oncología;
pasando por las manos de Miguel Cabanela, leyenda de la ortopedia mundial desde la Clínica Mayo;
el pulso de Joaquín Potel, introductor de la cirugía laparoscópica en los quirófanos gallegos;
la maestría de Juan Gómez Reino en el vuelco a las dolencias reumáticas mediante terapias biológicas;
la visión traslacional de José Castillo frente al ictus y su liderazgo científico;
el profesor Ramón Domínguez Sánchez, histórico guardián de la Cátedra de Fisiología; y la inalcanzable hondura intelectual y humanista de Manuel Sánchez Salorio.
Un tapiz que abraza también la cercanía asistencial, el amparo académico y el combate oncológico: representado en la dignificación humana de la Atención Primaria por la doctora Pilar Rodríguez Ledo;
en el amparo tutelar de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia —cuyo actual presidente, Francisco Martelo, nos acompaña esta tarde—, nuestro único galardonado institucional;
y en la cumbre de la oncología médica con la que el doctor Luis Paz-Ares planta cara al cáncer desde la vanguardia de la inmunoterapia y la medicina de precisión.
Y cerrando el círculo, confluyendo en la esencia misma del homenaje que hoy nos reúne, emerge la inmensa estirpe de la pediatría.
Un hilo que comenzó con el legado de José Peña Guitián, patriarca y forjador de la escuela pediátrica gallega moderna;
continuado por el compromiso de Rafael Tojo Sierra, mentor directo de tantos doctores y profesores hoy aquí presentes;
y consolidado en el liderazgo gestor e investigador de la doctora María Luz Couce, directora científica del IDIS y referente mundial en enfermedades metabólicas complejas.
Veinticuatro gigantes de nuestra ciencia. Veinticuatro espejos de generosidad que hoy abren las puertas de sus bodas de plata para recibir a un profesional excepcional: el doctor Federico Martinón Torres.
Querido Federico: tu reconocimiento en esta vigésimo quinta edición premia una forma de entender la existencia donde la hiperespecialización va de la mano de la antropología médica de la compasión.
Representas, de manera impecable, la quiebra definitiva de las fronteras geográficas en el ámbito del conocimiento.
Durante décadas pareció existir la sorda resignación de que la ciencia de vanguardia solo se dictaba desde las grandes capitales.
Tú has demostrado al mundo que, desde Galicia, viviendo, pasando consulta, dando clase e investigando aquí, se puede liderar la inmunología y el desarrollo de vacunas a escala planetaria.
Eres voz de la Organización Mundial de la Salud, coordinas consorcios genómicos internacionales y, al mismo tiempo, eres el médico accesible que sabe escuchar el llanto de un lactante y calmar la angustia de unos padres.
Además, este premio te conecta de forma directa con tus raíces más profundas y con esa tradición gallega del cuidado infantil que antes mencioné.
Sé que en tu memoria resuena hoy con fuerza la figura de tu gran maestro, el doctor José Peña Guitián. Pero a ese magisterio se une, de forma natural, el orgullo de tu propia sangre: el legado de tu padre, Federico, y de tu tío, José María Martinón Sánchez, dos pediatras ilustres que prestigian y han hecho grande la medicina de nuestra tierra.
En Asomega entendemos así la ciencia: como un puente entre la memoria de los que nos precedieron y la promesa de los que empiezan.
Ese futuro es el que tú mismo impulsas hoy al distinguir, a través de las ayudas de este premio, a la joven investigadora Irene Rivero y al magnífico proyecto de la Obra Social de Pediatría del CHUS, liderado por Belén Mosquera.
Toda una declaración de intenciones que confirma que la ciencia solo es verdaderamente grande cuando se vuelve generosa y cercana.
Un ideal humanista que define a Asomega y que hoy, para finalizar, nos invita a evocar la memoria de un gallego universal.
Este año conmemoramos el cincuentenario del fallecimiento de ese gran patriarca de nuestras letras que fue Ramón Otero Pedrayo. Ourensano como tú y como yo, Federico.
Y quiero regresar de su mano a la raíz más pura de nuestra vocación.
Don Ramón, hijo de médico, sentía una devoción sagrada por la profesión que vio ejercer en su pazo de Trasalba.
Su padre, don Enrique Otero Sotelo, recorría los caminos rurales atendiendo a los enfermos de las aldeas.
Permítanme recordar un bellísimo pensamiento de Otero Pedrayo, transido de una honda emoción ante el milagro del relevo de la vida y del futuro, unas palabras que dicen:
«Poida que neste momento nalgún recanto de Galicia estea morrendo un vello que leva consigo un caudal de palabras sonoras...
Poida que noutro naza, a estas horas, o neno ou a idea que transformará en novo sentido a historia».
Ese niño que nace, esa idea que transforma la historia y le otorga un nuevo sentido, es el porvenir por el que el médico trabaja cada día.
Y es la misma vocación que don Ramón vio encarnada en su propio padre, de quien dejó esculpido un retrato limpio y directo, que late con la fuerza de la verdad cotidiana:
«Jamás hubo en el médico una palabra de impaciencia. Conocía íntimamente los murmullos, los sonidos y los silencios de su pueblo».
Ahí está todo, queridos amigos. En ese puente invisible que une el saber escuchar la voz callada de una aldea con el saber descifrar el enigma de un gen o de un virus que amenaza la vida de un niño.
Porque frente a cualquier eclipse transitorio, la verdadera ciencia médica gallega no es un legado pasivo; es la búsqueda constante de la luz, una conquista de amor, de rigor y de entrega compartida.
Enhorabuena, doctor Federico Martinón Torres, nuestro XXV Premio Nóvoa Santos.
Gracias por ensanchar nuestra casa común y por velar desde Galicia, con tanta ciencia y con tanta alma, por el mañana de todos.
Moitas grazas.
JULIO ANCOCHEA
Presidente de Asomega