"El indicador real del impacto de la investigación es llegar a los pacientes"

Mabel Loza, directora del CiMUS, reivindica el papel humanista del diseño de fármacos y alerta sobre la brecha de la innovación en España.

12/07/2026

Originaria de la “frontera” de Tapia de Casariego, la doctora Mabel Loza presenta una sólida trayectoria que arrancó en la Universidad de Oviedo y, tras su especialización posdoctoral en el Mount Sinai de Nueva York, dio un giro definitivo al regresar a Santiago para liderar la vanguardia biomédica gallega.

Hoy, esta catedrática de Farmacología de la USC y directora científica del CiMUS —centro distinguido como unidad María de Maeztu— suma a sus reconocimientos el premio Wonenburger. Afable, con un marcado afán didáctico y una indiscutible pasión al hablar de su trabajo y de su equipo, Loza dirige a cuarenta profesionales dedicados al descubrimiento de fármacos. Desde la visión privilegiada de la ciencia en nuestro país que tiene en su atalaya de la Fundación Kærtor, denuncia con firmeza la "brecha española", esa paradoja que nos sitúa en el décimo puesto mundial en publicaciones pero por debajo del treinta en innovación real. Una defensora de la salud humanista que, al final de esta entrevista, revela un gran sueño para reorientar el rumbo de nuestra ciencia.

Mabel Loza

¿Qué ventajas e inconvenientes tiene hacer ciencia de este nivel internacional desde la periferia?
Se puede hacer ciencia internacional desde aquí, desde luego. Tenemos la capacidad intelectual y las infraestructuras que lo permiten. Como ventaja, tener que luchar un poco más nos hace más resilientes y eficientes para competir desde este Finisterre de Europa. Además, al ser una comunidad pequeña, tus instituciones te reconocen y potencian de forma más personalizada que en sitios más grandes. En Galicia partimos de una base pequeña donde nos respetamos y nos llevamos bien, lo que facilita generar sinergias. Entendemos que entre nosotros no hay que competir, sino unirnos para competir fuera.

El inconveniente es que debes demostrar constantemente que eres competitivo porque los centros globales ya están asignados a ciertos lugares. También penaliza la presencialidad: a veces necesitas coger tres o cuatro aviones para llegar a un sitio al que otra persona llega en tren en una hora. Lograr que la industria y la academia te conozcan y te tengan como referente desde la periferia es complicado.

Como directora científica del CIMUS, ¿cuáles son los retos de gestión prioritarios para mantener al centro en la vanguardia europea?
Viene muy marcado por las evaluaciones. Somos un centro de máxima categoría dentro de la red evaluada por la Xunta y recientemente obtuvimos la acreditación María de Maeztu del Ministerio, la máxima distinción en España. Esto nos condiciona, pero coincide con nuestro lema: encontrar el camino más corto de ida y vuelta entre la investigación básica y los pacientes.

Para que este círculo funcione, nos centramos en tres ejes de gestión: una gobernanza rápida, flexible y coordinada; mantener la internacionalización para atraer proyectos europeos; y la transferencia, sabiendo que la industria debe formar parte del desarrollo para que los ensayos clínicos acaben llegando a la sociedad.

Para la gente que no está familiarizada con en este entorno, ¿cómo podríamos explicar qué es la investigación traslacional?
La investigación traslacional busca ser eficiente en llevar a los pacientes lo que realmente necesitan, no tiene nada de etérea. Significa investigar pensando en que lo que haces es para que un paciente se lo tome y mejore. Para eso necesitas conjugar la visión del médico, la del que va a comercializar ese medicamento y el conocimiento detallado del mecanismo de la enfermedad. A diferencia de la básica clásica, se nutre de reuniones y cambios en tiempo real. Si un descubrimiento demuestra que tu enfoque carece de sentido, debes reorientar el programa de inmediato. Requiere equipos transversales que junten la parte básica y la clínica. Que el hospital esté al lado nos permite operar como un hub conjunto a cinco minutos, lo que le da todo el valor a nuestra investigación.

¿Cuáles son las grandes líneas de investigación en las que trabaja el centro actualmente?
El centro tiene un largo nombre académico, pero que describe muy bien lo que es: Centro de Investigación en Medicina Molecular y Enfermedades Crónicas. Nuestros investigadores y equipos acotan cuatro grandes áreas muy relacionadas entre sí: cáncer, cardiovascular, metabólicas y obesidad, y neurológicas. Tenemos mucha relación de colaboración en estas áreas, que se cruzan además con cuatro ejes de aplicación traslacional: descubrimiento de fármacos, nanoliberación, genómica, radioterapia/teragnostica.

El mapa de un centro de enfermedades crónicas no está escrito en piedra. ¿Cómo responden desde la investigación preclínica ante una crisis infecciosa imprevista como la COVID-19?
Efectivamente, no está escrito en piedra. Tuvimos varios proyectos aplicando nuestro conocimiento a este tema urgente. En Farmacología, adaptamos un compuesto que evaluábamos para el dolor y dio lugar al primer medicamento oral probado en clínica producido en España contra la COVID-19. Para ser eficientes, sacamos partido del conocimiento que ya existía; así es también como se descubrió la vacuna efectiva. No te pones a investigar desde cero una enfermedad desconocida sobre la que no hay bases, sino que aplicas lo que ya sabes.

Ha impulsado varias spin-offs y conoce bien el ecosistema. ¿En qué situación estamos en España?
En España vivimos la paradoja de ocupar el décimo lugar mundial en publicaciones sobre mecanismos de enfermedad y ser los primeros en investigación clínica, pero estamos por debajo del puesto 30 en aplicación. En medio de ese camino perdemos la capacidad de trasladar nuestra propia investigación hacia los ensayos clínicos. Es decir, somos de los diez primeros, por encima de nuestro PIB, en descubrir posibles mecanismos de tratamiento, somos el primero en investigar esos mecanismos en pacientes y en medio de eso perdemos nuestra capacidad de aplicar nuestra propia investigación hacia ensayos clínicos. Esta brecha se produce en general en Europa. De hecho, hay ahora mismo un gran movimiento a nivel europeo para generar fondos para innovación. Pero en España es más acentuada la brecha porque todavía contrasta más la calidad de la investigación con la el bajo porcentaje de aplicación a innovación. Es lo que las evaluaciones externas denominan la "brecha española".

¿Qué fallos estructurales provocan esta brecha y qué iniciativas están tomando desde Galicia para solucionarlo?
Falla una visión global e integrativa para mover profesionalmente los proyectos y programas. En otros países existe una financiación rodada con un fuerte componente privado o de capital riesgo. Aquí tenemos un buen sistema público de financiación y producción, pero cojeamos en innovación. Ahora Europa y el Ministerio tienen claro que hay que cubrir esta brecha. Por eso creamos la Fundación Kærtor junto a la universidad, para asegurar la sostenibilidad de la plataforma de descubrimiento de fármacos mediante programas público-privados de mayor alcance, lo que nos ha situado como un punto de innovación aplicada en Europa.

¿Cómo influye el contexto internacional y la irrupción de mercados tan agresivos como el de China en este escenario?
Estamos viendo que fondos de capital riesgo especializados (venture capital) norteamericanos se están acercando aquí porque ven buenas ideas que no se habían probado por falta de recursos. Europa tiene grandes oportunidades de competir, pero hay que romper clichés y lanzarse. Si no aprovechamos este potencial acumulado, se lo llevará China, que ya está ahí y acaba de lanzar el primer CAR-T para cáncer sólido partiendo de conocimiento típicamente occidental.

Mabel Loza

¿Cómo se supera la desconfianza histórica entre el sector público y el privado para asegurar que la prioridad absoluta sea el beneficio social?
Todo proyecto exitoso debe basarse en la mutua confianza; si marcas fronteras rígidas, chocas. En el 98, al volver de Estados Unidos, lideré un proyecto con Almirall de 300 millones de pesetas y luchamos contra todos los prejuicios. Desde la academia parecía pasarse al lado oscuro y desde la industria se pensaba que la universidad no trabajaba por objetivos. Cuando te sientas en la misma habitación con el único fin de llegar al paciente con ese medicamento, las diferencias se disuelven y se convierten en sinergias extraordinarias porque aportas lo que el otro desconoce. Eso solo se aprende andando el camino.

Su alianza con el genetista Ángel Carracedo es un referente muy claro. ¿Cómo se complementan la genética y la farmacología?
Formamos una plataforma basada en la farmacogenómica. Sin Ángel a bordo no habría alcanzado a consolidar esta plataforma porque la lucha y el esfuerzo son inmensos. La complementariedad es natural: la genómica está en el nacimiento y conocimiento de la enfermedad, y la farmacología en el tratamiento. A través del proyecto InnoPharma unimos fuerzas para definir la enfermedad por sus marcadores y estratificar a las poblaciones de pacientes. Esto nos permite agruparlos para darles el fármaco y la dosis adecuada, logrando más eficacia y menos reacciones adversas.

¿Cómo es trabajar con él en el día a día y qué define a esa generación de científicos gallegos a la que pertenece?
Trabajar con Ángel es una maravilla porque aporta una calidad humana que hace que los equipos trabajen con confianza y alegría. Ya adelanto que no se va a jubilar: estamos creando un programa sénior de excelencia para mantener activos a profesionales como él. Ángel pertenece a una generación súper valiosa en Galicia de médicos que estudiaron juntos la carrera en Santiago —como José Ramón González Juanatey, Carlos Diéguez, José Luis Lavandeira o Paco González— que han marcado un antes y un después internacional en sus ámbitos. Casi todos ellos han sido premios Nóvoa Santos.

Usted recibió el premio María Josefa Wonenburger. Al mirar la base de las carreras científicas, ¿está la presencia de la mujer completamente normalizada?
El premio me hizo mucha ilusión porque ella era una matemática que tendía a la felicidad y fue todo un referente de cómo situarse entre las primeras del mundo sin hacer dramas. En la base académica la presencia femenina lleva tiempo normalizada. En carreras como Medicina o Farmacia hay una mayoría de mujeres que acceden a las primeras posiciones en tesis doctorales y puestos de profesoras. En un equipo europeo en Alemania hace veintitantos años solo éramos dos mujeres en un grupo de 40 personas; hoy en ese mismo equipo somos mayoría de mujeres.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando se intenta dar el salto a los puestos de alta dirección y gestión de centros de investigación?
La evolución en estos diez años ha sido espectacular, pero en niveles de alta dirección todavía cuesta llegar y se evidencia el efecto tijera. A veces organizo encuentros y compruebo con sorpresa que las mesas presidenciales siguen saliendo compuestas por hombres. Debemos conseguir que el liderazgo femenino sea algo tan natural que no llame la atención por ser una anécdota. Hay que eliminar diferencias y comparar únicamente la capacidad, el talento y los méritos de igual a igual.

Asomega defiende una visión humanista de la salud. Para alguien que trabaja a una escala microscópica en el diseño de fármacos, ¿dónde reside el componente humanista de su vocación?
El componente humanista en una investigación traslacional es clave. Sin él, el 80% de mi equipo no estaría aquí porque da sentido a todo el esfuerzo. En mi caso, me planteé estudiar Medicina pero supe que no serviría para la clínica porque me producía demasiado dolor ver el sufrimiento a pie de cama sin poder solucionar los problemas. Decidí aportar desde más lejos. Aunque no vemos directamente a los pacientes, trabajamos siempre con clínicos y asociaciones. Nos reunimos con ellos para escuchar qué les preocupa en el mundo real, ya que a veces les inquieta más un dolor concreto que les impide hacer su vida que curarse a largo plazo. Esa perspectiva orienta nuestra investigación básica. Desde el 98, nuestro gran indicador de impacto no son las métricas variables, sino cuántas veces hemos llegado a los pacientes, y ya lo hemos logrado llegar a ensayos clínicos en 17 ocasiones.

Para concluir, ¿cuál es su gran sueño como científica antes de retirarse de la primera línea?
Visto en perspectiva, el sueño de siempre es curar o mejorar significativamente la vida de los pacientes con nuestros fármacos en ensayos clínicos. A escala de gestión, mi gran meta a cinco años es que la brecha actual entre la investigación básica y la clínica en España se haya reducido en un 80% y que logremos situarnos entre los diez primeros países que aplican la ciencia.