La genética, necesaria pero no suficiente para entender la longevidad

El genetista Antonio Salas explicó en Ourense por qué la herencia no determina por sí sola la longevidad y qué revelan los relojes epigenéticos.

08/11/2026

La genética puede ayudar a explicar por qué algunas personas alcanzan edades extraordinarias, pero no ofrece respuestas por sí sola. Esa fue una de las ideas centrales de Antonio Salas Ellacuriaga en la conferencia magistral que cerró la I Jornada Internacional de Longevidad organizada por el Foro La Región en el Centro Cultural Marcos Valcárcel de Ourense.

Antonio Salas durante su intervención.

El investigador ourensano fue presentado por Julio Ancochea, presidente de Asomega, que destacó su trayectoria como catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela y responsable del grupo Genética de Poblaciones en Biomedicina del IDIS. Ancochea lo felicitó por el reciente Premio da Crítica de Galicia, vinculado a una investigación sobre el diagnóstico molecular de neumonías infantiles, y recordó su larga y fecunda colaboración con Federico Martinón Torres, Premio Nóvoa Santos de Asomega.

En «La longevidad en la era de las ciencias ómicas y de la medicina personalizada», Salas describió el envejecimiento como un fenómeno multifactorial. Genes, ambiente y hábitos interactúan de formas difíciles de desentrañar. No existe, por tanto, un único gen que determine cuánto viviremos, sino numerosas variantes que aportan pequeñas contribuciones.

Antonio Salas se detuvo también en el concepto de "heredabilidad", el peso que tiene la herencia genética en la longevidad. Hasta hace poco se estimaba que las diferencias genéticas explicaban entre un 20% y un 25% de las variaciones en la duración de la vida, pero un estudio reciente eleva esa proporción hasta cerca del 50%. El investigador aclaró que esto no significa que la mitad de los años que vive una persona dependan de sus genes, sino que la genética podría tener un papel mayor del que se pensaba a la hora de explicar por qué unas personas viven más que otras.

Cuando el epigenoma se desafina

Para acercar la epigenética al público recurrió a la música. El ADN sería como un piano: contiene las posibilidades, pero necesita mecanismos que determinen qué notas suenan. La epigenética regula la actividad de los genes sin cambiar sus letras. Con la edad, esos mecanismos pueden alterarse; el epigenoma, dijo, se «desafina».

Esas modificaciones han permitido desarrollar relojes epigenéticos que estiman aspectos del envejecimiento biológico más allá de la edad cronológica. Antonio Salas ilustró su interés con María Branyas, fallecida a los 117 años. Un estudio sobre esta supercentenaria identificó una combinación llamativa: genética protectora, epigenoma y microbiota intestinal relativamente jóvenes y metabolismo lipídico eficiente.

También se refirió al estudio de individuos excepcionalmente longevos y a comparaciones con otras especies. Según los resultados que presentó, en los supercentenarios puede observarse una ralentización de determinadas señales moleculares de envejecimiento. Son pistas prometedoras, no una fórmula para prolongar la vida.

Intervención de Antonio Salas.

Hubo asimismo una referencia a Galicia: Salas mencionó un análisis de su grupo que apuntaba a un menor riesgo poligénico estimado de alzhéimer en poblaciones de Ourense y Lugo, una observación que pidió interpretar con cautela.

Su conclusión devolvió la genética al terreno clínico. La medicina personalizada aspira a ajustar prevención, diagnóstico y tratamiento a las características de cada paciente. Pero la longevidad, insistió, también pide atender al entorno, la vida social y la cultura: dimensiones que ninguna secuencia de ADN puede explicar por completo.