“Los sueños de Procopio”, Sánchez Salorio en estado puro

Manuel Sánchez Salorio es toda una institución en la Universidad de Santiago y en Galicia entera, a la que dedica los certeros análisis que recopila este libro

24/03/2021

La editorial Ir Indo va a publicar el libro “Los sueños de Procopio” en el que el Manuel Sánchez Salorio, considerado el “padre” de la Oftalmología gallega y ganador del III Premio Nóvoa Santos de Asomega, recopila los artículos publicados en “La Voz de Galicia” desde 1992 hasta el 2020, ambos inclusive, el Día da Patria Galega (25 de julio). La obra está en proceso de impresión y pronto podrá adquirirse, también online, a un precio de 20 euros.

Portada del libro de Manuel Sánchez Salorio

En el prólogo del libro Xosé Luis Barreiro Rivas señala que los Procopios del doctor Salorio hacían desfilar al pueblo gallego ante una masa de admiradores, con la elegante suficiencia de quien se sabe “un fue y un será, y casi un estar siendo”.

“Un pseudónimo no es siempre necesariamente un modo de ocultarse. Para eso están los anónimos”, decía el propio Sánchez Salorio en un artículo. Y él sabe de pseudónimos, de hecho ha utilizado más de uno en sus escritos, como Doktor Pseudonimus. Aunque en un escrito de 2016 aseguró que Procopio “reclama sus derechos como alter ego más antiguo y principal“, y lo definía como “memoria de esa vida que siempre se pierde al vivir la vida propia. Alter ego. Ese yo que yo hubiera podido ser y que no fui”.

Una vida volcada en la Universidad

Como él mismo explicaba en una entrevista concedida a la revista oficial del Colegio Médico de A Coruña en 2010, nació en esta ciudad el 22 de enero de 1930. “Mi padre Manuel Sánchez Mosquera fue oftalmólogo, con ejercicio profesional exitoso en La Coruña. En la Facultad de Medicina de la Universidad de Compostela, salvo bedel y decano, fui todo lo que se podía ser: alumno, secretario y vicedecano…”. Obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura y el Premio Nacional Fin de Carrera. Recién licenciado pasó un año en Alemania en la Augenklinick de Bonn.

Relata que cuando estudiaba Fisiología 2 llegó un catedrático que venía de Madrid. “Tenía menos de treinta años, fumaba en clase sin parar, se sentaba en la mesa de la tarima y movía las manos como sólo se las he visto mover a Marcelo Mastroiani. De vez en cuando interrumpía la lección para preguntarnos cosas. Si la anatomía representaba la muerte, todo lo que explicaba don Ramón Domínguez era vida palpitante: cómo circulaba la sangre, por qué se aceleraba la respiración en el ejercicio físico, que ocurría con las hormonas cuando nos emocionábamos… A los quince días de la llegada de Ramón Domínguez a Santiago de Compostela yo lo tenía muy claro: quería ser como él. Desde aquel momento supe que toda mi vida iba a estar vinculada a la universidad. Todo eso ocurrió en enero de 1948″.

Fue el creador de la escuela pronto conocida en Europa como “The baby school of Santiago”, vivero de profesionales y docentes que han ocupado cátedra en varias universidades españolas. Como él mismo reconocía en una entrevista en El Correo Gallego en 2019, pasamos “a principios de los años setenta de ser importadores a ser exportadores de catedráticos”. Ha sido, además, presidente de la Asociación Española de Oftalmología y fundador de la Escuela Gallega de Oftalmología.

Medicina: arte, ciencia, oficio

En la citada entrevista Sánchez Salorio señala que el ejercicio de la Medicina “es un arte basado en una ciencia que se ejerce a través de un oficio“. Admite que las técnicas de diagnóstico por imagen han perfeccionado nuestra mirada y los avances de la farmacología “han aportado una contundencia terapéutica difícil de imaginar cuando yo inicié la carrera. Pero, al menos los casos complicados, no se diagnostican “mirando” sino “discurriendo”. Ahí el oficio del médico está más próximo al del detective –los síntomas se “detectan”– que al del científico”.

Y concluía con toda una declaración de intenciones preguntado por lo que esperaba de la vida: “Pues algo parecido a lo que Cunqueiro pone en boca de von Kleist: seguir teniendo mañanciñas de sol para cabalgar e soños para fuxir. Aunque uno no sepa muy bien hacia donde cabalga ni por qué hay algo de lo que debe seguir huyendo…”.