En un mundo de pantallas, datos fríos y muros de cristal, la medicina corre el riesgo de olvidar que su objeto —y su sujeto— es el ser humano. El encuentro "Pulso y armonía" celebrado en el Centro Gallego de Madrid no fue solo una conferencia más, sino un acto de rebeldía humanista frente a la "tecnificación desmedida". Bajo la mirada de los maestros que nos precedieron, la familia de Asomega se reunió para recordar que curar no es solo reparar un organismo, sino acompañar a una persona en su vulnerabilidad.

El doctor Ruza y su esposa, María Jesús del Olmo, Fernando Rey Paz y Julio Ancochea.
El acto tuvo un prólogo cargado de simbolismo académico y afectivo. María Jesús del Olmo, subdirectora del máster de musicoterapia de la UAM y presidenta de la Fundación Musicoterapia y Salud, fue la encargada de presentar al protagonista de la tarde, Francisco J. Ruza. Lo hizo desde el respeto de quien presenta a su maestro, pues Ruza fue precisamente el director de su tesis doctoral, un trabajo pionero que cimentó científicamente el uso de la música en entornos críticos.
Con la honestidad de un científico de raza, el presidente de honor de Asomega confesó su escepticismo inicial ante la disciplina. Sin embargo, los datos de la investigación de Del Olmo —desarrollada en las Unidades de Cuidados Intensivos que él dirigía— terminaron por convencerle.
En concreto, su trabajo demostró cómo bebés sedados y con ventilación mecánica son capaces de acompasar su ritmo cardíaco al compás de la música en directo, mejorando sensiblemente su saturación de oxígeno. "Las máquinas no tienen inteligencia emocional", advirtió Ruza, señalando que la musicoterapia aporta esa "interfaz humana" que el ordenador a menudo interrumpe.
Una "sombra cariñosa" para el alma
La clausura, a cargo de Julio Ancochea, presidente de Asomega, elevó la jornada a un plano emocional y literario. Para Ancochea, la humanización no es una moda de gestión, sino la "columna vertebral" de la profesión. En un discurso vibrante, recordó al recientemente fallecido Aniceto Charro, pilar de la asociación, y agradeció a Fernando Rey, presidente del Centro Gallego, su constante hospitalidad.
Rescatando la voz de Rosalía de Castro, Ancochea comparó la musicoterapia con esa "sombra cariñosa" que sostiene el espíritu cuando la salud flaquea. Citando los versos de la poeta, recordó que la música es el compás que nos devuelve el ritmo de la naturaleza y el calor del afecto materno en los momentos de mayor fragilidad.
Como si fuera el eco de las palabras de Ancochea, el acto se disolvió en las notas del acordeón de Carlos Nieto, colaborador habitual de la Fundación Músicos por la Salud. Al sonar "La vida es bella", el ambiente se impregnó de esa armonía que busca el bienestar del paciente. Fue el broche perfecto para una tarde donde quedó claro que, en Asomega, la medicina se ejerce con la cabeza, pero se dicta desde el corazón.