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“El médico 'perfecto' debe buscar un equilibrio entre asistencia, docencia e investigación”

Hay trayectorias que avanzan con una coherencia que solo se entiende cuando se observa el conjunto: la vocación temprana, la disciplina sostenida, la curiosidad que nunca se apaga. La de Federico Martinón es una de ellas. Su reciente XXV Premio Nóvoa Santos de Asomega reconoce no solo una carrera brillante, sino una forma de ejercer la medicina que combina rigor científico, compromiso ético y una profunda sensibilidad hacia el paciente.

En su historia conviven la herencia familiar, la intensidad del hospital, la exigencia del laboratorio y la responsabilidad de formar a quienes tomarán el relevo. Y aparece una idea esencial: el conocimiento cobra sentido cuando se transforma en bienestar real para las personas. Con esa mezcla de serenidad, exigencia y mirada amplia, Martinón ha construido un camino que invita a reflexionar sobre el verdadero alcance de la profesión médica. En esta conversación, además, anuncia los destinatarios del Nóvoa Santos ligado a Asomega Nova (la investigadora Irene Rivero) y Asomega Axuda (la Obra Social Pediatría del CHUS).

Usted nació en Ourense, es hijo de médico y cuenta con varios hermanos científicos. ¿Cómo define ese entorno familiar?
Sí, vengo de una familia llena de médicos: mi abuelo lo era, mi padre, mi tío, mi tía, mi hermana... con mayoría de pediatras. Tengo tradición familiar en la profesión médica, pero en la parte científica también cuento con hermanos muy brillantes en sus disciplinas, que no tienen nada que ver con la medicina. Los más mediáticos son mi hermana María, paleoantropóloga, investigadora principal en Atapuerca y directora del Centro Nacional de Evolución Humana; y mi hermano Marcos, catedrático de arqueometalurgia medieval, que fue el doble catedrático más joven del Reino Unido. Tengo buenos referentes en casa.

Siendo hijo del doctor Federico Martinón Sánchez, ¿en qué momento dejó de ser "el hijo del pediatra" para ver la pediatría como su propia batalla?
Yo creo que nunca dejas de ser ni el hijo, ni el sobrino. Pero es algo a lo que nunca he renunciado ni quiero renunciar, siempre me he sentido orgulloso de ello. Es cierto que el protagonismo va cambiando. Pero sigo hablando como médico y científico con mi padre y mi tío, sigo aprendiendo de ellos e intercambiando casos y opiniones. Nunca he dejado de beber de esas fuentes. No diría que ha habido un punto de inflexión específico, primero eres "Martinón pequeño", el hijo de Martinón, y luego lo eres tú de forma natural.

¿Cuál es la lección más valiosa que ha recibido de ellos y que no figura en los tratados de medicina?
Todo. A ellos les debo gran medida de lo que soy. Son ejemplos de cómo ser médico desde una perspectiva estrictamente humanista, en la que independientemente de tu especialidad debes volcarte y esforzarte por tus pacientes. Me han transmitido la cultura del esfuerzo. He aplicado siempre eso de darlo todo por mi parte. Les debo un ejemplo permanente, han sido mis tutores y mentores, pero también mis espejos vitales en muchos aspectos. Otra lección importante aprendida de ellos es rodearte siempre de gente lista e intentar que sean mejores que tú, no tener complejo y asociarte con gente que pueda complementarte o mejorarte.

¿Qué otros referentes han marcado o marcan su carrera aparte de los familiares?
Muchos, al final eres de la gente de la que te rodeas. En lo estrictamente profesional, en pediatría, vengo de una escuela marcada por el profesor Peña, fue un referente personal y humano para mí. Tuve la suerte de disfrutar de su cátedra y de ser de sus últimos médicos en activo, manteniendo una relación que sobrevivió muchos años. Siempre me inculcó un estímulo, una sabiduría y un saber estar muy importantes. También destacaría a los profesores Castillo, Juanatey, Casanueva... eran los grandes "popes" cuando yo me formaba. No era solo lo que representaban en sus disciplinas, sino la manera en que las abordaban, cómo hacían cátedra y generaban escuela. Las referencias son muchísimas, el listado de gente generosa que me ha permitido crecer es infinito, me dejo a muchos sin citar.

Su nombre se suma ahora a la lista de ganadores del Premio Nóvoa Santos. ¿Qué siente al verse en ese listado?
Me da vértigo y orgullo. Para mí es un privilegio. Encima siendo gente en la que me he reflejado. Como el profesor Peña, ahora ocupo la cátedra que generó y el sillón de pediatría en la Real Academia de Medicina que él ocupó. Ver que alguien piensa que puedo acceder a lo mismo que figuras como Carracedo, Juanatey, Castillo o Casanueva —que son cien, mil veces mejores que yo— es una satisfacción íntima que supera cualquier otra percepción.

La USC y la investigación

Como gallego de nacimiento y ejercicio, ¿qué tiene la Facultad de Medicina de Santiago para ser un referente de excelencia y humanización generación tras generación?
Ojalá que siga siendo así mucho tiempo, porque está en un momento delicado, son valores que cuesta generaciones construir y poco tiempo destruir. El gran valor de la Universidad de Santiago ha sido la captación de valores de donde fuera que viniesen. Ahora soy catedrático allí, lo cual era un sueño y ahora es una gran responsabilidad: intentar formar una generación mejor que yo, que me supere en todos los aspectos. Cuando veo a mis alumnos pienso que van a ser mis médicos y cómo me gustaría que fuese mi médico en el futuro. Hablo de valores que, más allá de lo técnico, se debe transmitir en un momento tan sensible, tan vulnerable, como es el del desarrollo como universitario y que tanta impronta nos deja.

Algunos de los maestros que he citado dejaron ya en mí esa impronta entonces, que la dejaban no solo en sus disciplinas sino en valores, formas de afrontar la vida y la investigación, de transmitir conocimiento… Santiago siempre ha sido, en este sentido, foco internacional de captación y generación de valor.

Usted se mueve entre la asistencia, el laboratorio y la docencia. Si le obligaran a renunciar a dos de estas facetas, ¿cuál mantendría más vivo su propósito inicial como médico?
Es una pregunta difícil porque trato de inculcar que son indisolubles, partes en un equilibrio variable según tu perfil que deben coexistir en cualquier profesional sanitario y más especialmente en un médico.  Obviamente, la vocación consiste en hacer lo que sea por mejorar la situación del paciente, pero la investigación y la docencia forman parte de ese proceso. Dependiendo de tu momento, edad, circunstancia, el peso relativo de cada pata es variable.

Particularmente, la investigación me ha salvado muchas veces de la rutina o de la sensación de que no podía evolucionar más y me ha mantenido conectado con el mundo y, con ello, a mi paciente conectado con todos los recursos. Me permite saber que lo que le aporto es lo mejor de acuerdo al estado del conocimiento o, al menos, saber a quién pedir ayuda si yo no tengo la solución. Por tanto, la visión global del médico es capital. El médico "perfecto" debe buscar un equilibrio entre estas tres facetas y cultivar las tres.

¿Cómo se conjuga el trabajo abstracto de laboratorio con la realidad de un niño asustado y unos padres con temores a pie de cama?
En un mundo universal donde la conectividad y la accesibilidad son sencillas, el que no estudia, el que no investiga, es porque no quiere. En un momento determinado simplemente acceder a una fuente bibliográfica era un privilegio, o tener una suscripción a una revista científica. Hoy lo que sobra es información y recursos para investigar y llevarlo a tu paciente. Como médico, lo que me mueve es la vocación y el instinto de querer hacer más por la salud de los pacientes.

Luego depende a qué nivel quieres llevar el ejercicio de cada una de esas facetas. Yo ahora tengo un equipo de más de 50 personas que financiamos con recursos propios, somos una estructura competitiva a nivel global, una empresa pública de investigación ligada a la asistencia. Pero no hace falta llegar a ese extremo, se puede hacer investigación formando parte de esas redes, colaborando en proyectos o simplemente visualizando el problema del paciente, trayendo ensayos clínicos o compartiendo éxitos y errores. En eso consiste la investigación traslacional: aprender del problema de un paciente y tratar de devolverle la solución y si no puedes, al menos que de lo aprendido en el proceso se beneficien otros pacientes. Eso te da la satisfacción de que lo que haces va más allá del paciente individual y puede evitar el sufrimiento de otros.

¿Qué consejo daría a un estudiante de Medicina para que conserve la vocación pese a las dificultades?
Lo primero que le diría a alguien que se plantea hacer Medicina es que, si no está dispuesto a estudiar el resto de su vida todos los días, que no la haga. Pero no por él, sino por sus pacientes, entre los cuales puedo estar yo. Es una bendición, pero también es una profesión sacrificada que si quieres ejercerla al máximo nivel te va a exigir sacrificios permanentes a lo largo de toda tu vida, y el que te diga lo contrario te engaña.

Dicho esto, las nuevas generaciones en algunos aspectos son mucho mejores y son muy conscientes de sus derechos, pero quizá no tanto de sus obligaciones. El baremo de valores y lo que se prioriza ha cambiado, y esto afecta a todas las profesiones, no solo las sanitarias. No sé si es una fase, pero el sistema se tiene que reorganizar alrededor de un perfil que nada tiene que ver con el médico que yo decía que quiero para mí como paciente. Todos mis alumnos son más listos que yo, sin duda todos tienen una gran capacidad. Pero la parte vocacional es un intangible que no puedes medir por notas de corte. Supongo que todo se irá normalizando, pero hay que acomodar cómo se percibe la profesión.

¿Qué nexo une su trabajo en genética y vacunas con un proyecto como Sensogenoma?
Esto es una evolución que te permite explorar la frontera del conocimiento cuando ya tienes un grupo maduro y multidisciplinar. Dentro de esos proyectos fuera del área de confort el más llamativo y que más ha evolucionado es el de Sensogenómica, aunque tenemos otros que están fuera de lo que sería argumentalmente lógico en un pediatra o intensivista pediátrico como soy yo, o un vacunólogo como soy yo.

En una carrera madura te puedes permitir apuestas más arriesgadas y una de ellas fue Sensogenómica, de la mano de mi compadre, amigo y ‘hemisferio cerebral genético’ Toño Salas (no lo mencioné como referente pero lo es en el día a día). Queríamos aplicar en un contexto de salud una estrategia que usábamos con éxito en infecciones y vacunas para ver cómo la música influye en la expresión de los genes. Nos llevó años conseguir financiación europea, pero ya es una línea que vuela sola y que ayudará en enfermedades como el Alzheimer o el trastorno del espectro autista.

El reto de las vacunas

En un mundo saturado de pseudociencias, ¿debe el médico dedicar tanto tiempo a aprender a comunicar como a estudiar el virus?
Tenemos una responsabilidad que exige cierto grado de formación. No todos nacemos aprendidos para la cámara, pero hay normas básicas de comunicación mediática que son importantes, igual que lo es aprender a relacionarte con un paciente. Sí creo que es una parte importante a la que hay que dedicar tiempo, que tiene riesgos, por supuesto que te expone, pero que también tiene sus beneficios y sus recompensas.

Mi papel en la OMS no tiene que ver con la divulgación, sino con el asesoramiento técnico en el contexto de Europa y sus retos. Sin embargo, en plena pandemia, mi trayectoria me puso en primera línea, más de lo que yo quisiera o buscase. Me di cuenta del poder que tienes para tranquilizar, asesorar, hacer entender y acompañar.

¿Cuál es la pregunta más difícil o absurda que le han hecho sobre vacunas?
He oído de todo. Las vacunas son un tema muy opinable donde todo el mundo cree que sabe, pero el problema es cuando las opiniones tienen consecuencias para la salud del hijo o la propia. Lo grave es cuando un profesional sanitario utiliza su bata para justificar argumentos incorrectos. Cuando una persona que supuestamente es médico o profesional sanitario dice tonterías sobre las vacunas, para mí es como si sale un cirujano en la tele y dice que no se lava las manos antes de entrar en quirófano porque le va bien, todo el mundo lo tacharía de loco.

¿Hay más intoxicación hoy respecto a las vacunas?
Todo este ruido siempre ha existido, como para cualquier avance, y para las vacunas también. No es que haya más gente en contra, sino que hay más gente con dudas y que, pese a ellas, toma la decisión incorrecta. En un momento en el que la posibilidad de bulos y de ideas peregrinas se multiplica de forma exponencial, la única solución es la información y la educación. Y que esto suceda pronto en el itinerario formativo: creo que hay que inculcar esos valores a nuestros niños desde que están en la guardería.

De hecho, hace poco tuve la oportunidad de estar en la Comisión de Sanidad del Parlamento y una de las propuestas que hice fue un Pacto Nacional por la Educación Sanitaria en relación a las vacunas. Que las personas cuando sean adultos hagan lo que quieran, pero que lo hagan de forma informada, sabiendo lo que es correcto y lo que no

¿Las vacunas son víctimas de su propio éxito?
Sí, y está perfectamente estudiado. Se llama el "Gráfico de Chen": en la primera fase todo el mundo tiene miedo y se vacuna; en la segunda, dejas de ver la enfermedad y empiezas a ver solo los inconvenientes de la vacuna. Ahora estamos ahí: ya no tenemos miedo al COVID y solo vemos las pegas. Aunque la pandemia haya terminado oficialmente, el COVID sigue matando gente, pero lo encajamos como algo "socialmente aceptable", como la gripe. Esperemos no llegar a la fase tres, que es cuando repunta la enfermedad de forma grave, todo el mundo vuelve a tener miedo y se acaba por fin con la infección.

Los otros Nóvoa Santos de la XXV edición

Como ganador del Nóvoa Santos tiene que proponer a un joven investigador y un proyecto de humanización que completen el palmarés de esta XXV edición. ¿Quiénes le acompañan en esta terna?
La joven investigadora será la doctora Irene Rivero Calle. Es una pediatra infectóloga brillante que reúne todos los valores de los que he hablado y que debe tener un médico, un investigador y un docente. Es el perfil de médico que yo quiero como paciente y un modelo para otros.

En cuanto a la obra social, hemos escogido la Obra Social Pediatría del Hospital Clínico Universitario de Santiago. Cubre lo que ninguna otra asociación puede cubrir porque son necesidades locales básicas desde el punto de vista humano para los niños y sus familias. Han hecho desde la humanización de la UCI pediátrica hasta comprar el primer coche eléctrico para que los niños vayan a quirófano. Son flecos menos visibles pero muy importantes en el día a día.

¿Cuál es el sueño científico que todavía no ha alcanzado?
No tengo un solo sueño, hay que estar retándose permanentemente. Mi reto fundamental es que las vacunas lleguen al mayor número de personas posible. No hay herramienta más poderosa para generar salud y prevenir enfermedad y sufrimiento, y que el éxito que estamos consiguiendo en Galicia llegue a todas partes. Mi gran sueño es conseguir la universalización del mayor número posible de vacunas como instrumento global de salud equitativa. En ese camino utópico hay muchas metas operativas, desde mejorías en lo que hacemos en el hospital, en el calendario vacunal gallego, etc. Estoy tremendamente focalizado en todo lo que tiene que ver con vacunas como el legado de lo que yo puedo hacer con más impacto de salud global.

¿Cómo ve la labor de Asomega?
Creo que es única en su especie. Su capacidad de networking y de combinar disciplinas es importante para generar ideas y soluciones. Aunque el nexo común sea Galicia, es una conexión de muchas instituciones y profesionales que actúan de forma sinérgica para promover el conocimiento. Es una idea muy potente, que ha crecido mucho en los últimos años y creo que es una forma de lanzar lo que se hace en Galicia hacia el mundo, pero también de recoger lo que tantos gallegos hacen desde fuera para que revierta en nuestra tierra.

Iñaki Moreno

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