Federico Martinón y Antonio Salas.
¿Qué ocurre en nuestro organismo cuando escuchamos música? Esa es la pregunta que Sensogenoma intenta responder desde 2022 estudiando de forma sistemática la respuesta biológica humana a los estímulos musicales. El proyecto, desarrollado por los grupos GenPoB y GenVip del IDIS y la USC, liderados por Antonio Salas y Federico Martinón-Torres, acaba de celebrar su quinta edición con cerca de un millar de asistentes y 200 nuevos donantes de muestras biológicas.
Federico Martinón y Antonio Salas.
Pero la dimensión de Sensogenoma ya no se mide solo por su capacidad para convertir un concierto en un gran experimento ciudadano. Martinón, XXV Premio Nóvoa Santos de Asomega, sitúa el verdadero salto en la consistencia que empiezan a mostrar sus resultados.
«Más que un hallazgo aislado, lo que ha cambiado la dimensión científica de Sensogenoma ha sido demostrar que las señales que observábamos inicialmente no eran anecdóticas: pueden reproducirse en cohortes independientes, en años distintos y utilizando diferentes muestras biológicas», explica a Asomega.
Dos líneas de investigación concentran buena parte de ese avance. En personas con trastorno del espectro autista (TEA), el análisis de muestras de mucosa oral ha permitido detectar una firma de expresión génica diferenciable antes y después del estímulo musical, con cambios observables ya a los 25 minutos. Y el estudio del proteoma de las lágrimas ha identificado 14 proteínas con cambios reproducibles tras la estimulación musical en dos cohortes independientes, pero no en los grupos de control.
«Eso supone pasar de una hipótesis sugerente —la música puede producir una respuesta biológica— a disponer de señales objetivas, medibles y reproducibles», señala Martinón.
También introduce una precisión esencial para interpretar los resultados: «La clave no es afirmar que la música “cambia nuestros genes”, porque no modifica la secuencia del ADN, sino demostrar que puede modular su expresión y generar respuestas moleculares y fisiológicas cuantificables».
El salto a la práctica clínica, sin embargo, exige todavía mucho trabajo. Martinón apunta a cohortes más amplias y multicéntricas, estímulos musicales estandarizados y un conocimiento más preciso de la duración de la respuesta, de su posible relación dosis-respuesta y de las diferencias individuales.
Y establece con claridad dónde está la verdadera prueba: «No basta con demostrar que cambia la expresión de determinados genes o proteínas: debemos comprobar si esos cambios se relacionan con mejoras objetivas en comunicación, comportamiento, cognición, rehabilitación, calidad de vida u otros desenlaces clínicos».
Después tendrían que llegar ensayos prospectivos y aleatorizados. Si además se validan biomarcadores capaces de identificar y monitorizar a quienes responden, podría abrirse la puerta a intervenciones más personalizadas e incluso al desarrollo o reposicionamiento de fármacos sobre las rutas moleculares identificadas.
Sin atajos. «No se trata de presentar la música como un tratamiento milagroso ni como sustituto de las terapias eficaces, sino de determinar si puede convertirse en una intervención complementaria, segura, no invasiva y basada en evidencia».
Esa es, cinco ediciones después, la nueva dimensión de Sensogenoma.
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