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Edadismo en sanidad: el sesgo invisible que afecta a la salud

El envejecimiento de la población es uno de los mayores desafíos demográficos del siglo XXI, pero las estructuras sanitarias y los propios profesionales siguen arrastrando inercias del pasado. Para cambiar esta realidad, la Sociedad Española de Medicina Geriátrica (SEMEG) ha puesto en marcha el Grupo de Trabajo sobre Edadismo en el Sistema Sanitario.

Al frente de esta ambiciosa iniciativa se encuentra la doctora Cristina Alonso Bouzón, geriatra y miembro de la Junta Directiva de Asomega, quien defiende la urgencia de abordar este problema de forma explícita, sistemática y basada en la evidencia científica.

"El edadismo es una de las formas de discriminación más normalizadas y menos reconocidas en nuestra sociedad y también en nuestros sistemas sanitarios", advierte la doctora Alonso, aportando un dato demoledor: el 30% de las situaciones de discriminación en el ámbito de la salud se deben a la edad.

Este sesgo va mucho más allá de un debate ético: incide directamente en la supervivencia y el bienestar del paciente. Según explica la geriatra, esta práctica "condiciona el acceso a pruebas diagnósticas y tratamientos, afecta a las decisiones clínicas y aparta a las personas mayores de las tomas de decisiones sobre su salud".

El impacto no es solo emocional, sino también físico, al elevar el riesgo de complicaciones médicas y deterioro funcional. Y por si fuera poco, cronifica ineficiencias económicas. En concreto, Alonso alude a un estudio estadounidense donde el edadismo supuso un coste anual de 63.000 millones de dólares.

El error de normalizar el síntoma: "Cosas de la edad"

El principal caballo de batalla del nuevo grupo es desterrar el pernicioso mantra de que ciertos achaques son inevitables al cumplir años. La doctora es tajante al respecto: "Con demasiada frecuencia consideramos 'normales para la edad' el dolor, la lentitud al caminar, la pérdida de fuerza, las caídas, limitaciones sensoriales, algunos cambios cognitivos o determinadas alteraciones del comportamiento".

Asociar automáticamente la vejez con la enfermedad provoca que se dejen de diagnosticar patologías perfectamente tratables o prevenibles. Considera que, por ejemplo, si asumimos que la pérdida de fuerza es "lo normal" podemos dejar de intervenir sobre una sarcopenia. O, incluso, "si damos por sentado que determinados cambios cognitivos forman parte del envejecimiento, podemos retrasar el diagnóstico y las intervenciones que ayudan a preservar la autonomía, la calidad de vida y el bienestar de las personas con deterioro cognitivo o demencia".

Por ello, exige que las decisiones médicas no se estandaricen:  "Dos personas de 80 años pueden tener capacidades funcionales, estados de salud y objetivos vitales diferentes. Por eso las decisiones sanitarias deben basarse en una valoración individualizada que incluya evaluación de su capacidad funcional, y no únicamente de su fecha de nacimiento", afirma.

Tres pilares para una transformación real

El equipo coordinado por Alonso está compuesto por 18 profesionales multidisciplinares especialmente comprometidos. Su hoja de ruta se vertebra en tres áreas de acción concreta:

  • concienciación, ofreciendo herramientas para identificar conductas edadistas en la práctica clínica.
  • investigación, para medir el impacto real en nuestro entorno.
  • legislación para que la lucha contra este sesgo impregne las políticas sanitarias.

Por otra parte, aunque el foco principal se centra en el paciente, la doctora reconoce que el edadismo también golpea a los propios profesionales, cuestionando la valía de los jóvenes por "inexpertos" o la de los veteranos por una supuesta menor capacidad de adaptación.

Dos pistas culturales para la reflexión

Para comprender a fondo la dimensión de este problema, Cristina Alonso propone dos valiosas referencias culturales. En el plano cinematográfico, recomienda la película 53 domingos, de Cesc Gay, por cómo muestra "el edadismo que se cuela en muchas dinámicas familiares aparentemente normales". En literatura, apunta al libro La trampa de la edad, de Vania de la Fuente, al que califica como "una referencia imprescindible para entender por qué el edadismo no es solo un problema social, sino también un problema de salud".

Iñaki Moreno

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